jueves, 7 de abril de 2011

Elipsis - Elena Anníbali

Mi padre sembró a mi madre, y la noche era como magia de cuervos:
algunos rezaban en el campo, entre las verduras,
arrodillados, con vestidos azules, y tocados de novia.
Algunas viejas secas, sostenían el rosario.
Mi madre, que soñaba con sembrar tomates, se abría de piernas,
y emulaba, en los ojos, los guiños de los pájaros,
piaba, maldecía, se frotaba contra mi padre,
como contra un vidrio resplandeciente y fresco.

Y todo eso pasó en una noche.

A mis diez años, me sentaron en una silla a observar los corderos,
sus sacrificios graves, de donde sacábamos la carne de comer,
morada y mística, en comuniones vibrantes y olorosas.
Luego las habas, los duraznos llamados corazón de buey,
y el sudor terrestre de las axilas de los peones,
sus oscuridades de pomelo, agrios y sexuados,
sobre los caballos.

No me brotó la adolescencia líricamente.
Me aterrorizó la sangre,
los pechos escapándose de la sutilidad de las blusas,
los muslos apretados contra las faldas, y contra los hombres,
las poses de amar y olvidar,
el rito floral y húmedo de la masturbación
y muchas casas para ausentarse hasta ser mujer,
de pie, sola ante y con el mundo.

A los 27 me llaman los muertos desde abajo,
y yo no respondo, me enfermo de realidad,
quiero ser lo cotidiano, el pozo de aguas sucias,
los chicos de la calle con el corazón a media asta,
la miseria de Dock Sud, el hambre de los perros,
quiero ser Buenos Aires, con su inmensidad,
con sus pangramas de piernas y de brazos,
quiero ser ese hombre último que recuerdo de ayer,
el Chevrolet rojo apretando dos ojos azules en la distancia,
para enseñarme el don de la espera y la fatiga.


www.chemadamme.blogspot.com

martes, 5 de abril de 2011

Eda María Nicola

De los pequeñísimos filamentos nerviosos de mi carne

Escribir es matar, es meterse con cuchillos en el amorfo
secreto del lenguaje, es ir a ese río vivo de formas en germen,
es ir con cuchillos, con navajas, con rifles, con escopetas,
con mira telescópica y anzuelos y puñales y hacerlo sangrar y
estremecerse, romper, quebrar, desmenuzar sus pedacitos inciertos
para poder sacar una piedrita blanca que limpiamos de desperdicios
y ponemos en una hoja en blanco como ponemos a los muertos en las
tumbas, como asesinos seriales que atesoran despojos, nuestros
poemas y nuestros muertos nos acompañan, son tibias presencias
que murmuran turbios secretos, y escuchamos, si escuchamos,
con el cuerpo, esta oscura materia de suplicio.

Bello animal de los celos

Dónde marca la bestia el amor por el cisne? Morder es saciar. Asfixiar es restablecer. Nada como forcejear con las cosas por sus angos...